jueves, 23 de septiembre de 2010

Familiarizándome con la familia






Varias cosas pasan por mi mente constantemente, pero hoy he hablado mucho de “la familia”, y pensado también. Ciertamente cada familia es única y particular, en la mía hay desde locos hasta… ni se me ocurre con que terminar; para mí el amor de familia, es algo implícito, nos acompaña desde el nacimiento hasta el momento donde somos conscientes y vemos como ciertos miembros arruinan su titulo dentro de ella. En mi caso, mi papa, quien abandona sin remordimiento alguno; la muerte de mi abuelo la cual creo más conflictos intrafamiliares que cualquier suceso en el cual haya estado presente; mi tío el drogadicto, que me da miedo; la abuela endemoniada, quien me odiaba por “ser hija de esa mujer”; y otros factores más generales como el rencor, la distancia, la falta o mala comunicación, y seguro hay más cosas pero no recuerdo ni me interesa recordar, porque algo si he aprendido, la familia, a la larga y con el paso de los años uno mismo la hace, extraños se vuelven familias y familias se vuelven extraños.

Mi carrera me enseño (según autores, libros y profesores) que la familia es un núcleo compuesto por dos o más personas, quienes velan por el bienestar global de sus miembros, con global me refiero a salud, economía, alimentación, estudios, vivienda, etc… al igual que un bienestar psicológico. Y mi corta vida también me ha enseñado que soy yo quien determino quien es mi familia y son personas que velan por mi bienestar. Muchos de mis familiares sanguíneos son totales extraños a quienes, honestamente, ni conozco, ni sé como lucen, por lo cual ni los extraños ni los aprecio; aunque indistintamente de quien es mi familia, para mí, lo más importante es el peso emocional que viene con esa palabra.

“Tú eres mi familia” ¿Cuánto peso emocional hay en esa frase? ¿Cuánto esperamos de esa persona a quien le depositamos la confianza suficiente como para llamarlo “familiar”? A mi parecer, el bienestar emocional viene dado en gran parte por la familia, entonces la importancia no recae en “¿Quién es mi familia?” sino también en tomar responsabilidad uno mismo y darse cuenta de “¿Qué tan bien lo hago como familiar?, ¿Me merezco ese título de hijo, hija, hermano, hermana, madre, padre, abuela, abuelo, tio, tia, sobrina, sobrino, etc…?”. Con esto me invito a mi misma y a ti(si es que hay un “a ti” por ahí) que determines a quien llamas familia, pero también que te evalúes como familiar, desde cada rol que puedes haber adquirido.

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